A veces soñaba que me ahogaba. Notaba entrar el agua en mis pulmones, notaba cómo me asfixiaba poco a poco, cómo me iba hundiendo, cómo las fuerzas me abandonaban… 

A veces deseaba que no fuese un sueño.

And all I’ve got is your hand.

“Yo no quiero un letrero al final de la vida que me diga: ¡Menudo éxito! o ¡Vaya un fracaso! Sólo quiero poder mirarme a mí misma y decir: Estoy orgullosa de quién he sido.”
Rima de amor cortés.

Y ahora vas sentado

en el tren, a mi lado, 

y me tomas la mano, 

como si nada hubiera 

pasado, despistado;

como si no hubiésemos

asistido al gran milagro, 

como si no fuésemos ahora

 los más afortunados amantes.

Miras por la ventana expectante,

y mi atención a tu rostro

parece nada importarte,

como si de pronto

fueras ignorante

de lo que siento yo

en ese instante.

Perdonen, queridos lectores, si les parece un atentado al buen gusto esto que escribo (por cierto que lo es)

Si creen que este motivo está sobrevalorado. Si me prefieren gris y taciturna, como la mujer infeliz que me vendo ser. 

Pero a la inspiración a veces le pasan estas cosas. 

Y deberían darme ustedes las condolencias. Porque la felicidad trae el vivir y el no escribir. 

Pero en fin.

 También se hace la vida de alegrías. De cosas pequeñas, de amor cotidiano, de rimas tontas. De tí.

De nada se hace la vida si no es de tí

¿En qué piensas?

Hoy es 8 de Marzo. El café donde nos encontramos está vacío. Hasta hace unos momentos había una pareja de amigos tomando algo, pero he perdido la noción del tiempo, y no puedo recordar cuándo se marcharon, no me enteré. Estamos solas, bebiendo una cerveza fría, y hablando en la barra, mientras el camarero italiano que no sabe nada de español va a ratos entre sonreírnos apaciblemente como si le agradase nuestra conversación, y mirar distraído un partido en la pequeña tele de la esquina. La iluminación es escasa, y el tono oscuro de la pintura de las paredes y el barniz de los muebles del pequeño sitio dan un ambiente lúgubre, que acompaña sutilmente a nuestro estado de ánimo. Yo de vez en cuando agito el ramito de mimosas que nos ha regalado el dueño del bar, también italiano, por el Giorno della Donna. No me siento incómoda, en absoluto. Pero estoy un poco nerviosa. A pesar de que nuestras conversaciones nunca salen de su cauce, siempre acabo tocada. Y nunca sé dónde ni cuándo se va a asestar el golpe. Eso me tiene inquieta. 

Hablamos de muchas cosas. Y no me dice todo de seguido. Se para a ratos a dar caladas rápidas al cigarro, y otras bebe de su cerveza, y otras de su vaso de rosado, y otras vamos andando por la calle sin rumbo, y otras estamos cenando fuera de casa, y otras está tirada en el suelo de mi habitación, y otras es una nota escrita en un sobre encima de mi mesa. No recuerdo cuándo. No recuerdo exactamente dónde, pero ella me ha dicho todo esto antes. Y yo siempre pienso lo mismo.

Pero nunca lo digo. Y si me lo preguntasen, probablemente tampoco contestaría. Yo nunca respondo la verdad cuando me preguntan en qué pienso. Es mi política.

-A veces me levanto por la mañana y simplemente, soy feliz. Y no tengo ningún motivo para serlo. No me apasiona lo que hago, no tengo pareja, ni siquiera estoy viviendo duro, aprovechando al máximo mi juventud pero… no sé. Siento que estoy donde debería estar, donde quería estar. 

Es la primera vez que me dice eso. De este modo, al menos. 

-Sí, te entiendo perfectamente.

C’est la vie.

Me sobrevaloré demencialmente.
Confundí vocación por mi deseo.
Pugnaba para ser un elegido
y ni estaba en el grupo de llamados.

* * * * *

¿Cómo he tardado tanto en darme cuenta?
Los datos anunciaban claramente,
hasta con fluorescentes de colores,
que había un error grave en mis esquemas.

Me obcequé en proseguir, empecinado
y tenaz, por la senda equivocada
-los datos recalcábanlo insistentes-
para llegar así a ninguna parte.

La habitación del Conejo Blanco.

La habitación del Conejo Blanco.

“Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido. Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura”.

Pío Baroja (España, 1872-1956)

II

-¿Sabes? He vuelto a nuestro antiguo barrio un poco antes de venir hasta aquí. He estado en esa colinita en la que solíamos jugar cuando éramos niñas. Siempre íbamos Shinta, Aoko y yo, y a veces alguna más, pero siempre nosotras tres al menos. Todavía recuerdo que parecía una gran aventura cuando por las tardes íbamos con nuestras pequeñas bicis hasta allí a tomarnos la merienda, ¡si está a menos de cincuenta pasos de nuestras casas! Pero sigue como siempre. Todo lleno de mierda, como siempre. La gente nunca respetó ese sitio, ni siquiera sabiendo lo frecuentado que era por los niños de las afueras. Los jóvenes se iban allí en sus coches a follar, los yonkis a meterse unos picos, y las viejas de las urbanizaciones cercanas a tirar muebles y ropa vieja. Sí, todos deben seguir igual, porque ese sitio sigue igual. Estando allí me he acordado de Shinta, ¿la recuerdas? Yo hace siglos que no la veo. Como sabes, no acabamos muy bien, siempre tuvimos grandes diferencias, pero después de que se pusiese a salir con ese… en fin. El caso es, que me he acordado de una de las tardes de merienda en la loma. .Y en cómo mirábamos los cacharros que la gente allí tiraba y los pisoteábamos con nuestros pies o nuestras bicis. Y me he acordado de la vez que nos encontramos un test de embarazo. No teníamos ni 6 años y Shinta sabía que ese cachivache era un test de embarazo. Y sabía qué era un test de embarazo. La recuerdo explicándomelo como si estuviese ahora mismo delante de mí, con esa coletita en lo alto de la cabeza, y su sudadera rosa, a juego con los pantalones de chándal rosa. No lo quiso tocar, pero se agachó sobre él y nos señaló qué parte era la que se ponía en el pis. Y las tres miramos la pantallita con el signo ‘+’, que Shinta declaró que era un signo de positivo, y que significaba que en el pis había sangre de bebé, y eso era porque la que había usado el trasto estaba embarazada. Nos dijo que sabía tanto porque había visto a su tía hacerse unos cuantos, la tía que vivía en casa de su abuela, donde ella se criaba. Tendría 19 años la tía de Shinta en aquel entonces, y ella nos aseveró con mucha seguridad que ése debía ser suyo, porque hace poco la había visto con uno en el baño. ”Seguro que todos se ponen muy contentos cuando mi tía se lo cuente, sobre todo su marido”. Recuerdo que no tenía ni 6 años y aquella conversación ni me sorprendió un poquito. Shinta llevaba toda la vida ilustrándome sobre ese tipo de cosas. Cada tarde contaba lo mismo de absolutamente cada condón usado que nos encontrábamos en aquel descampado. Porque Shinta también sabía qué era un condón, y para qué servía. Y también qué era lo que llevaba dentro. Y también por qué se tiraban en aquel lugar. ‘Hay que usarlos y luego tirarlos, pero no pueden tirarse en una papelera normal, ni en casa, porque si alguien lo ve te regañan por usarlo. Sobre todo las mujeres no pueden tenerlos, sólo los tienen los hombres, son ellos los que se ocupan de esas cosas’. Sí, los hombres se ocupan de esas cosas. Y Shinta se ocupaba de enseñarnos la parte que nos tocaba a nosotras. Nos enseñaba a ser esposas, a ser novias, a ser mujeres, a ser madres… Quizás la escuché demasiado poco. Shinta ya casi es esposa, y Aoko ya es madre. Yo ni siquiera sé si puedo decir que sea una mujer. Deberíamos quedar un día de nuevo las tres a merendar allí. Shinta podría llevar a ese novio machista y maltratador suyo que pronto se convertirá en su marido. Aoko puede llevar a su pequeña niña, que tendrá ya dos o tres años, e invitarnos a algún que otro porro, como le gusta a ella desde que ese bebé estaba en su tripa. Y yo… ¿a quién puedo llevar yo? ¿qué puedo llevar yo?


Había sólo una cosa en todo el universo que Nami no había contado nunca a nadie. Ni siquiera a Kaname. Y por supuesto, ni siquiera a mí. Juró que se llevaría aquel secreto a la tumba; es lo único que yo sabía al respecto. Pero al verla llorando tan desconsoladamente  de pronto pensé que me iba a contar aquello que cuando éramos niñas me había jurado que nunca le diría a nadie. Pero creo que no lo hizo, nunca sabré a ciencia cierta si me lo contó o no, quién sabe, quizás lo dejó escapar camuflado entre el torrente de recuerdos dolorosos que desbocó esa madrugada, pero tengo la impresión de que su secreto sigue siendo sólo suyo. Aunque el dolor de Nami se veía profundo en esos momentos, nada de lo que me contó parecía inconfesable. Aun no iba a decirlo todo. Probablemente jamás se decidiese a contarlo todo.

Elaine.

-¿Me estás escuchando?

-Sí, claro.

-¿Y qué piensas del final?

-Bueno, creo que representa la angustia de la incertidumbre. O el clímax efímero de la felicidad. O quizás primero lo segundo, y después lo primero. No sé, pero desde luego no termina bien. ¿Por qué te importa mi opinión?

-Porque quería que vieras esto, quizás deberías pensar sobre ello. Este es justo el momento en que dos personas se dan cuenta que han jodido su futuro, eliminando todo tipo de certeza mediante una decisión precipitada sobre la base de lo que creen, que es el amor.

-Sí, ¿pero y qué? La historia no me enseña nada nuevo, la moraleja es la misma de siempre. Sea como sea, por muchas veces que repita esa escena, todo lo que veo en sus rostros es la inevitabilidad de la pérdida.

-La inevitabilidad de la pérdida…

-Y supongo que eso no es técnicamente algo malo. Pero tampoco es algo bueno. No hay milagros, y lo sabemos. Sólo la vida, y lo sabes…

-… estamos aquí, y estamos lejos…

-… y estamos solos.

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