Tic, tac..

Tic, tac.

¿Sabes por qué escribo? Escribo porque no puedo hablarte. Porque no sé cómo llegar a tí. No sé cómo hacerte saber que aun existo, y que tengo algo que decirte. No sé si quieres o no escucharlo, porque ¿sabes? ¡no sé si me recibes! ¿Me recibes?

Nami estaba llegando al punto de no retorno. Mejor dicho, había llegado a él hace mucho, y ahora sin motivo aparente ni explicación satisfactoria, estaba intentando desesperadamente alcanzarlo de nuevo, pero a la inversa. Quería retroceder, volver, regresar, pero ¿a dónde? No quedaba nada para ella allá de donde venía. No quedaba nadie. ¿Y necesariamente atrás, a su pasado? No, Nami tenía claro que no era eso lo que sentía, su imperiosa necesidad era otra. Era… avanzar retrocediendo. Sí, eso era justo lo que ella quería.

Es difícil de explicar… ¿tienes un rato? Espero hacerme entender, ya sabes cuánto me molesta si me trabo o resulto abstrusa o me pongo de repente taciturna y al final el resultado es que no consigo que nadie se entere de nada. Todo comenzó por la extrañeza, como suele ocurrir. Por el sentimiento de extrañeza. Desde aquella noche, no dejo de sentirme ajena a mi propia vida, a ésta vida. Siento que no pertenezco más a ésto. Ni a este sitio, ni a esta gente, ni a estas cosas. Ni a Filosofía, ni a Madrid… incluso a veces me da tirria Ami, hasta Kaname… y sé que es este lugar, este momento, en definitiva, estas circunstancias. Porque en cuanto salgo de ellas estoy renovada y nada perturba mi ánimo. Y lo que siento ahora sólo es un aviso de algo que con la estabilidad había olvidado, y es que si echo raíces, me pudro. Pero la respuesta no es consiste en huir o abandonar, como pensaba cuando era una mujer trágica de drama duro, de todo o nada. Ahora aprecio los matices, y sé que la vida no se crea o se destruye, sino sólo se transforma. ¿Eso se puede controlar de algún modo? Todavía no lo sé, en ello estoy. No he soltado aún las riendas, pero es cierto que mirar al futuro me da pavor. Como a todos, supongo, pero a mí antes no me daba tanto miedo. Me ha dado miedo a raíz de la extrañeza. Cuando yo pensaba que por fin tenía mi sitio, no temía al futuro, porque tenía claro que bastaba con aguantar el tipo, con mantenerse, con intentar en la medida de lo posible seguir igual. Pero ahora no; ahora estoy desubicada, he de tomar posición de nuevo, y estoy completamente confusa, y terriblemente asustada. Al pasado, no puedo volver. Mi presente ya no es más un lugar seguro. Y mi futuro… no es mucho más prometedor, pero es a lo único que puedo apostar. But ”such is the way of the world, you can never know just where to put all your faith and how will it grow…”

Esta noche, al llegar a casa, pensaba escribir. Pensaba escribir sobre la cena de Naruku en el chino de Blade Runner y sus conversaciones clandestinas sobre el trabajo de memorística en la biblioteca…

Pero qué más da. Qué más da ahora. Recordé esa forma tuya de mirarme y sonreirme (sólo con eso…) Y ya no quiero escribirte. Quiero amarte. Aquí, esta noche, ahora, tuya. Te quiero. 

And I guess I can’t wait. 

Lucky

Hoy, contra todo pronóstico, he vuelto a casa. Pensé que ni siquiera lograría conseguir fuerzas para ponerme en marcha. Pensé que me quedaría allí para siempre, en mi lugar seguro, en mis recuerdos, juro que por un momento creí que éstos me engullirían y mi conciencia se disolvería completamente en la de Nami, y no habría forma de rastrearme de vuelta. Me ha consumido, he de reconocerlo. Este proyecto se me ha ido de las manos, me he implicado demasiado. Y lo he roto todo. Es imposible seguir con la labor de minería y restauración, ya no podré acceder más a esa memoria. Me he quedado por tanto tiempo dentro suyo que me expulsará todas y cada una de las veces que decida volver a intentarlo. Porque a veces irse es quedarse, y quedarse es irse. Y, como de costumbre, he intentado quedarme, a toda costa, postergando lo inevitable hasta un extremo insostenible. 

Cuando regresaba, sin darme cuenta, empecé a llorar en silencio. Caminaba ergida, con la cabeza alta, pero no pude saber si alguien cruzaba o no su mirada con la mía, si alguien atendía a mi supina tristeza, si alguien, en definitiva, percibía mi dolor. El trayecto en metro empeoró bastante mi congoja, pero nada, seguía sola. Salí a la calle ya sin poder mantener mi cara descubierta, y a los pocos pasos me dejé caer y me desplomé sobre el primer rincón que me acogió en ese momento de desamparo. Porque todo esto que escribo ahora puede ocurrir perfectamente, cualquier día, con motivo o sin motivo. Considero que yo, realmente, no los tenía, pues ¿de qué podía quejarme? Mi vida era estable, sencilla, agradable, sin demasiadas complicaciones. Ya no era esa otra memoria. 

Al pensar ésto lloré aún más fuerte. La diferencia entre hoy y el ayer es que hoy se ha hecho manifiesto. La diferencia entre hoy y mañana es que hoy se ha hecho manifiesto. La constante entre mañana y ayer es que el llanto siempre seguirá fluyendo, sólo que más discretamente. Más en silencio, por dentro.

Soy de esas. Lloro constantemente. Mi vida es un incesante lamento. Porque está en mi condición humana.

aniobe
I’m sitting here thinking of all the things I wanted to apologize to you for. All the pain we caused each other. Everything I put on you. Everything I needed you to be or needed you to say. I’m sorry for that. I’ll always love you because we grew up together. You helped make me who I am. I just wanted you to know, there will be a piece of you in me always. And I’m grateful for that. Whatever someone you become and wherever you are in the world, I’m sending you love. You’re my friend to the end.

Her (2013)

Te quiero,

Noelia.

(via aniobe)

vor-agin-e

vor-agin-e:

She’s coming back.

Cuando tú y yo nos encontramos, todo era diferente. Recuerdo la amargura, la angustia, la soledad… aún se me encoge el pecho al sentir lo de entonces. Cuando tú y yo nos encontramos, yo acababa de perderlo todo. Y la psicosis y las noches sin dormir y la profunda depresión y el llanto constante y la enfermedad y la ira y el fracaso eran mis constantes. A veces alguien se marcha y la vida sigue, esa es la más terrible maldición del desamor, que el mundo no se para y uno no se quiebra y desaparece para siempre. A veces nos dicen adiós para salvarse y eso es lo que nos condena, que el otro comienza a ser feliz y a uno le devora la vorágine. Cuando tú y yo nos encontramos, no era el momento de cerrar heridas. Yo me hundía en la tristeza cotidiana, y tu eras un compañero a ratos, porque no coincidimos a tiempo en nuestros infiernos personales. Pero aún ahora, está todo aquello que no viste, esa otra gran parte del día, todo aquello que aún no sabes. Y sigo atesorando esa gran parte de mí que destruye todo a su paso. Aún tengo dentro a esa que no quiere depender de nadie y que todo dependa de ella. Cuando nos encontramos, esa parte no existía, se acababa de aniquilar a sí misma por completo. No sé si las reencarnaciones son posibles, pero cielo, tenemos un problema. 

La verdad es que -paradoja desorbitante- no ceso de creer que soy amado. Alucino lo que deseo. Cada herida viene menos de unda duda que de una traición: porque no puede traicionar sino quien ama, no puede estar celoso sino quien cree ser amado: el otro, episódicamente, falta a su ser, que es el de amarme; he aquí el origen de mis desgracias. Un delirio, sin embargo, sólo existe si despertamos de él (no hay sino delirios retrospectivos): un dia comprendo lo que me ha ocurrido: creía sufrir por no ser amado y sin embargo sufría porque creía serlo; vivía en la complicación de ceerme a la vez amado y abandonado. Cualquiera que hubiese entendido mi lenguaje íntimo no habría podido menos que exclamar: pero en fin, ¿qué quiere?
Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amorodo.

El fin del mundo.

”Me quité la gorra que me había prestado el coronel, sacudí la nieve que se había acumulado sobre ella y, manteniéndola en mis manos, la contemplé. Era una gorra de combate de tiempos pasados. La tela se veía rozada en algunas partes, descolorida y blanquecina. Probablemente el coronel la había llevado con cariño durante decenas de años. Volví a sacudir la nieve de la gorra con suavidad y me la puse.


—Yo me quedo aquí —dije.

La sombra me dirigió una mirada vaga, con los ojos desenfocados.

—Me lo he pensado bien —expliqué—. Perdóname, pero he reflexionado muchosobre ello. Sé perfectamente lo que representa quedarme aquí solo. Sé que tienes razón y que, tal como dices, lo más lógico sería que volviésemos juntos al mundo del que venimos. Aquélla es mi auténtica realidad y soy consciente de que, huyendo de ella, hago una mala elección. Pero no puedo abandonar este lugar.

La sombra, con las manos metidas en los bolsillos, sacudió la cabeza varias veces, lentamente.

—¿Y por qué no? El otro día me prometiste que huiríamos de la ciudad. Por eso lo planeé todo, y por eso me has traído a cuestas hasta aquí, ¿no es cierto? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? ¿La mujer?

—Ella también cuenta, claro —dije—. Pero no es sólo eso. Es que he hecho un descubrimiento. Y por eso he decidido quedarme.
La sombra suspiró. Una vez más, alzó el rostro al cielo.

—Has encontrado su corazón, ¿verdad? Has decidido vivir con ella en el bosque y pretendes alejarme a mí.
—Ya te lo he dicho antes. No es sólo eso —dije—. He descubierto qué es lo que creó esta ciudad. Por eso tengo la obligación de permanecer aquí, es mi responsabilidad. ¿Quieres saber qué es lo que creó esta ciudad?
—No, no quiero saberlo —dijo la sombra—. Porque ya lo sé. Lo he sabido desde el principio. Esta ciudad la has creado tú. Tú lo has creado todo. La muralla, el río, el bosque, la biblioteca, la puerta, el invierno. Todo, absolutamente todo. Este lago también, la nieve también. Lo sabía perfectamente.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque si te lo hubiera dicho, habrías querido quedarte, como, efectivamente, pretendes hacer. Y yo quería sacarte de aquí, a toda costa. Porque el mundo en el que tú debes vivir está fuera. —Se sentó en la nieve y negó varias veces con la cabeza—. Y ahora que lo has descubierto, ya no querrás escucharme, ¿verdad?
—He contraído una responsabilidad —dije—. No puedo abandonar un mundo y a unas personas que yo mismo he creado a mi antojo. Lo siento por ti. Lo siento en el corazón y, además, va a ser muy duro separarme de ti. Pero tengo que asumir la responsabilidad de mis actos. Éste es mi mundo. La muralla es la muralla que me cerca a mí mismo, el río es el río que fluye por el interior de mi cuerpo, el humo es el humo que se alza cuando yo mismo ardo.

La sombra se puso en pie y clavó la mirada en la tranquila superficie del lago. Inmóvil en la nieve que caía sin cesar, la sombra daba la impresión de que iba perdiendo poco a poco profundidad, como si recuperara su forma plana habitual.
Enmudecimos durante largo rato. El blanco aliento que exhalaban nuestras bocas flotaba en el aire y, luego, desaparecía.


—Ya me he dado cuenta de que no puedo detenerte —dijo la sombra—, Pero la vida en el bosque es mucho más dura de lo que imaginas. El bosque es completamente distinto de la ciudad. Para sobrevivir, se ha de trabajar duramente, el invierno es largo y crudo. Una vez que entres, ya no podrás salir. Tendrás que permanecer en él eternamente.
—Soy consciente de ello.
—Pero no vas a cambiar de parecer.
—No —dije—. Pero no te olvidaré. Dentro del bosque iré recordando poco a poco mi antiguo mundo. Supongo que hay montones de cosas que debo recordar. Muchas personas, muchos lugares, muchas luces, muchas canciones.


La sombra entrecruzó los dedos de las manos ante el pecho y se los frotó repetidas veces. La nieve que se posaba sobre su cuerpo creaba extraños claroscuros que se alargaban y contraían lentamente. Mientras se frotaba las manos, mantenía la cabeza ligeramente inclinada, como si aguzara el oído para escuchar el ruido que producía al frotárselas.


—Tengo que irme ya —dijo la sombra—. No me hago a la idea de que no volvamos a vernos jamás. Ahora debería despedirme, pero no sé qué decirte. Por más que las busco, no se me ocurren las palabras apropiadas.
Volví a quitarme la gorra, sacudí la nieve, me la puse de nuevo.
—Espero que seas feliz —me deseó—. Me gustabas, y no te digo esto porque yo sea tu sombra, ¿sabes?
—Gracias —dije.

Después de que el lago hubiera absorbido por completo el cuerpo de mi sombra, permanecí largo rato contemplando la superficie del agua. No había quedado una sola onda. El agua era azul como los ojos de las bestias, y silenciosa. Al perder mi sombra, me sentí abandonado en los confines del universo. Ya no podía ir a ninguna parte, ya no tenía a donde regresar. Aquello era el fin del mundo y el fin del mundo no conducía a ningún lugar. Allí, el mundo acababa, se detenía en silencio.

Di la espalda al lago, eché a andar hacia la Colina del Oeste. Al otro lado estaba la ciudad, por allí discurría el río y, en el interior de la biblioteca, me esperaban ella y el acordeón.”

Haruki Murakami.